Impresionante viaje en el Tren de Alausí, y visitas a Colta y a las ruinas incas de Ingapirca

 Cuenca (Ecuador), 8 de noviembre del 2018. Por Roberto L Moskowich

Lo primero que hice ayer cuando me levanté, a las 6.30 de la mañana (antes, a las 3.30 fui al baño y envié la información diaria del viaje), fue asomarme al ventanal de mi enorme habitación para ver el majestuoso Volcán Chimborazo, en el que durante mi visita de ayer cogí dos pequeñas piedras rojizas: una para el tenor coruñés Quique Paz, y la otra para mí colección. Luego me haría una foto con el volcán de fondo.
Según la prestigiosa revista de viajes de Ecuador “Ñam” (Camino), Riobamba-Chimborazo son “El corazón de la Patria”, un lugar de llamas y chuquiraguas en tiempos de la llegada de los conquistadores españoles, con restos y ruinas puruhaes e incas, destruidas o enterrados por movimientos geológicos.
Simón Bolívar se quedó sobrecogido cuando vio el Volcán Chimborazo, al que llamó “Atalaya del Universo”, y Alexander Von Humboldt lo comparó con la Basílica de San Pedro de Roma.
Como el programa del día era muy completo, salimos de Riobamba a las 8, para visitar Colta, viajar en el Tren de Alausí, recorrer Ingapirca y seguir a Cuenca. En un dia soleado, dejamos atrás al Volcán Chimborazo, mostrándose en toda su impresionante grandeza.
Atravesamos Riobamba, que según un letrero que hay a su entrada presume de ser “Centro de todos los caminos”, y que pertenece a la provincia de Chimborazo. Circulamos entre las cadenas montañosas Este y Oeste de los Andes, dejando a nuestra derecha el ferrocarril turístico que va de Riobamba a Alausí. Los ecuatorianos apenas lo utilizan porque para ellos es muy caro.
Atravesamos Lacabamba, pueblo agrícola y ganadero, con suaves colinas, y llegamos a Colta, que está a unos 35 kilómetros de nuestra salida. Allí cerca, al lado de la Laguna de Colta, el 2 de agosto de 1534 fundó Pedro Alvarado el primer Quito: Santiago de Quito.
En Colta se encuentra la primera Iglesia Católica de Ecuador: el templo de la Santísima Virgen María Natividad de Balbanera, edificada por los Franciscanos en 1534. Es de piedra gris, y tiene una gárgola en forma de cuy. Su pila bautismal es un bloque de piedra, muy decorada y de 1.50 m de altura aproximadamente. Tiene un Museo anexo, y en el amplísimo atrio hay una cafetería y puestos de venta de artesanías y otros productos.
Seguimos por una carretera de buen firme, pasando por estrechos valles, de ricas tierras negras, encajonados entre altas montañas. Paralela a nosotros, la vía férrea. Abundan los cerdos negros, gallinas y vacas. En las puertas los indígenas colocan un cactus para alejar los malos espíritus, el mal de ojo, y las energías negativas. En muchos países del mundo se coloca un cactus al lado del ordenador, para que nos proteja de las energías negativas….
Tras rebasar una montaña no muy alta, entramos en Guamote, un pueblo muy activo, en el que los indígenas (al igual que en el resto del país) siempre llevan puesto algo de color rojo. Es el color de la sangre, en recuerdo de su último rey: Atahualpa Yupanqui. El negro, es señal de luto.
Circulamos entre grandes plantaciones de pinos, en un terreno montañoso más bien árido. Al borde de la ruta, unos grandes carteles advertían “Peligro. Alto riesgo de accidentes”. Tras una bajada muy larga y pronunciada, con un sinfín de curvas, quemando frenos y cambio de marchas, al fin llegamos a Alausí, que según una gran pintura que hay a la entrada de la ciudad son “100 por 100 taurinos “.
Desde lo alto, divisamos una gran imagen de San Pedro de Alausí, que es la más alta de Ecuador después de la Virgen del Panecillo que vi en Quito, que nos dio la bienvenida a la ciudad. Entramos por la calle principal, y a mano derecha un pintor se afanaba en decorar con varios cuadros de diferentes Iglesias una larga pared blanca. Hasta la estación del tren, bajamos nada menos que 2.400 metros con relación a Riobamba.
El famoso Tren de Alausí en el que subí se componía de cuatro vagones de madera, con capacidad para 30 a 36 pasajeros, tirados por una potente locomotora a gasoil, fabricada en 1992. El recorrido hasta la estación de Sibambe dura una hora, descendiendo 800 metros en zigzag, cubriendo una distancia de 14 kilómetros.
Además del billete ya reservado, tuve que mostrar mi pasaporte, y a las 11 en punto salimos de la Estación de Alausí, correspondiéndole “ventanilla de desfiladero ” en el lado derecho del vagón. Disfruté así de unas vistas sobrecogedoras, ya que el tren circula por desfiladeros entre enormes montañas,bordeando el Río Alausí que es de color verde amarillento. En algunos tramos, el tren casi toca en las paredes laterales de piedra.
Durante la construcción de este complicadísimo tramo ferroviario murieron varios miles de trabajadores indígenas, presos, y esclavos negros jamaicanos, a causa de los mosquitos, serpientes y la dinamita no controlada.
El complicado trazado nos ofrece un recorrido realmente singular, peligroso y atractivo. Uno de los tramos más importantes del peliagudo descenso es “La nariz del Diablo”, construido en 1901 y llamado así porque la montaña vista desde abajo tiene la forma de una enorme nariz.
Para salvar esa “insalvable” dificultad orográfica el tren da marcha atrás, y en lugar de tirar por los vagones los empuja cambiandolos de vía e iniciando otra fuerte bajada. Tras un buen trecho, se repite la maniobra un par de veces, o sea que tan pronto vamos de frente a la marcha como lo hacemos de espaldas. Dejamos así mucha más alta la vía por la que llegamos.
Nos detuvimos junto al río para hacer unas fotos de Nigzag, “La Nariz del Diablo ” y luego seguimos a Sibambe, en cuya estación me sirvieron un buen café con leche y unas galletas “Galak” de Nestlé. Mientras, un grupo folklórico nos deleitó con sus bailes y canciones en la Plaza Artesanal del Tren.
En una amplia sala añeja, me enteré de que “La Nariz del Diablo” es la Montaña Sagrada de Nizag o Nido de los cóndores. El textil es la principal actividad de los indígenas, trabajando con lana de oveja y los colores son verde, rojo. Los niceños son muy buenos agricultores, y su área de cultivo se llama chakra y está entre los 2.300 y los 3.200 m de altura.
El viaje de regreso a Alausí lo iniciamos a la una de la tarde, por la misma vía única y con los mismas maniobras que a la bajada, con un tiempo sensacional, llegando a la una y media de la tarde.
Comi en el “Restaurante del Tren”, nuevo y acogedor disfrutando de un sabroso menú típico.
Finalizado el sabroso almuerzo, salimos rumbo Sur en dirección a Ingapirca, que está a un par de horas. Salimos de Alausí por la parte contraria a la que entramos, por una zona montañosa y más seca.
Atravesamos Moya y subimos hasta el alto puerto de Gonzol, iniciando luego una larga y muy pronunciada bajada, por una carretera con muy buen piso.
Por la calle 4 de Julio atravesamos Chunchi, y en las laderas de las montañas había numerosos derrumbes. Al llegar al Puente Callanga volvimos a subir, mientras los letreros nos decían “Respete el Medio Ambiente “.
Al llegar al Puente Saguin el cielo se cubrió, y comenzó a caer una ligera llovizna. Cuando pasamos sobre la antigua vía férrea en Jogashi, un pueblo con mucha ganadería y hortalizas, había mucha niebla. La marcha se volvió más lenta por esa causa, y por la abundancia de tráfico pesado de camiones, trailers y remolques.
Al rebasar Tambo un indicador nos informó de que estábamos a 9 km de Ingapirca, sin que la niebla mostrase atisbos de abandonarnos….
Al fin llegamos a Ingapirca, la construcción Inca más importante de Ecuador. Allí reinó Cañaris, el que traicionó a los incas de Atahualpa, aliándose con los españoles. Era un gran centro ceremonial asentado sobre una roca, que forma como un pedestal de una plataforma elíptica.
A la entrada del complejo estaba el pueblo, luego los militares, después los sacerdotes y luego el Inca. Hay una tumba colectiva cañari, junto al monolito de la entrada. Luego, terrazas de forma circular para cultivos, acueductos, molinos de piedra (morteros), la Gran Kancha (explanada para ceremonias religiosas), un segmento empedrado del Camino del Inca (con un acueducto a su lado), construcciones Cañaris, bodegas de avituallamiento, Palacios Exteriores, tacitas o piedras con varios cuencos excavado representando la Vía Láctea, baños ceremoniales, aposentos y laberintos, y arriba de todo el Templo del Sol o Elipse, con piedras muy bien talladas y encajadas perfectamente. Su forma es elíptica, no redonda, demostración de sus avanzados conocimientos astronómicos. Está rodeada en su parte posterior de escalinatas redondas y el Sendero del Intihuayco o Quebrada del Sol.
Y tras más de un par de horas de continuado recorrido, acompañados por una niebla que abrió por momentos, pusimos rumbo a la ciudad de Cuenca, por una carretera de montaña muy bien señalizada con ojos de gato en la línea central y en las placas biondas.
Dejamos atrás Chuguín, Granda, el Puente de San Pedro….. y siguiendo una amplía autovía la iluminada Iglesia de la Virgen de las Nubes, Azoques y al fin llegamos a Cuenca, de noche más que cerrada.
Ya en el céntrico y acogedor Hotel Carvallo, tras una cena ligera despaché está crónica que espero les guste.
Estoy rendido. Son las 2 de la mañana. Me acuesto.
¡Saludos y salud!. (Fotos: Lajos Spiegel)

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