Robo de bebés. A todas aquellas personas que aún no conocen su verdadera identidad

Por Xosé Edrosa Leal

El robo de bebés y/o adopciones irregulares en España no son casos aislados, ni mucho menos un capricho o una obsesión de unos pocos, tal como en muchas ocasiones se ha querido frivolizar intencionadamente o por ignorancia. Es, pues, una cuestión que afecta a miles de personas, las que con grandes dificultades llevan muchos años en la nebulosa buscando respuesta sobre la verdad de sus orígenes biológicos y por ende de su verdadera identidad, a lo que se une el sentimiento comprensible y legítimo de encontrar a sus descendientes o ascendientes desaparecidos de sus vidas, derechos y deberes que están íntimamente relacionados con la dignidad de la persona, reconocidos en la Constitución Española.

Un fenómeno claro y ostensible que se produce durante un largo período histórico que va desde la Guerra Civil hasta bien entrada la democracia, sobre el que se han hecho importantes estudios, trabajos científicos y académicos en los que se describe la existencia de un singular modus operandi con el que se ejercía esta actividad delictiva, inmoral e inhumana, tapada y ocultada durante muchos años con el tupido velo de la impunidad, cerrando en falso casos infectos, incluso en el día de hoy, dejándolos en el limbo mugriento de las injusticias más atroces. El caso de Inés Madrigal seguido hace algunos meses en la Audiencia Provincial de Madrid, es un buen ejemplo de ello, pues el tribunal juzgador después de reconocer los hechos que incriminaban al ginecólogo que se estaba juzgando, acuerda el archivo de la causa al considerar que habían prescrito tales hechos, criterio seguido en muchos otros casosSiempre se ha dicho que el Derecho no es una ciencia exacta con la que se puede dar respuesta taxativa a todos los casos que se le presentan a una sociedad compleja. Pero no es menos cierto que también existe margen para la interpretación y calificación de los hechos. Por ello, resulta sorprendente que para este tipo de casos se hayan acotado las posibilidades que nos ofrece nuestro marco jurídico, pues no debemos ignorar el indubitable alcance que nos ofrece el artículo 10 de nuestra Constitución, referido a los derechos y deberes fundamentales, el cual expresa:

  1.- La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respecto a la Ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social.

  Es conveniente detenerse en su punto 2) a los efectos de determinar su alcance en el sentido de hacer efectivos tales derechos y, en concreto, si debe operar en estos casos la prescripción.

  2.- Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificados por España.El artículo 63.2 dice: “ Al Rey corresponde manifestar el consentimiento del Estado para obligarse internacionalmente por medio de tratados, de conformidad con la Constitución y las leyes”.

Visto lo cual, conviene aclarar lo que a tal efecto establece su artículo 96 “ Los tratados internacionales válidamente celebrados, una vez publicados oficialmente en España, formarán parte del ordenamiento interno. Sus disposiciones sólo podrán ser derogadas, modificadas o suspendidas en la forma prevista en los propios tratados o de acuerdo con las normas generales del Derecho internacional”.

Esto es lo que manda nuestra Carta Magna. ¿Se cumple? No.

Apelo a estas normas porque en el marco del Derecho internacional tienen cobertura este tipo de delitos, cuestión invocada y reivindicada por las víctimas de la trama de bebés robados y/o adoptados irregularmente, calificándolos como hechos de lesa humanidad, por cuanto, imprescriptibles.

Esta cuestión la he abordado en algunos de sus aspectos en el trabajo publicado el verano pasado bajo el título “ El robo de bebés en Lugo”.  En aquella ocasión, siguiendo la doctrina del Tribunal Constitucional, he constatado la existencia de una deliberada omisión legislativa para atender este tipo de casos, reivindicando la aplicación directa de los principios constitucionales vulnerados, no reconocidos en nuestro ordenamiento legislativo.

Llama poderosamente la atención que en este tiempo en que la mayoría de nuestros dirigentes políticos se autoproclaman constitucionalistas hasta la saciedad, recordándonos, sobre todo, el deber de su cumplimiento; incluso nos hablan de la necesidad de crear una asignatura como disciplina curricular de nuestro sistema educativo, a fin de potenciar en nuestras generaciones futuras el conocimiento de los valores que encarna nuestra suprema norma. Pero esos mismos dirigentes se olvidan y flaquean en lo que atañe a sus responsabilidades como garantes del desarrollo ordenado para que los derechos y deberes consagrados en la misma no decaigan, sobre todo en aquello que afecta a nuestros derechos fundamentales, caso que venimos revindicando.

Tampoco se han dado cuenta durante estas cuatro décadas caminando por la senda constitucional, que nuestra ley de leyes padece una grave mutilación congénita, motivada para blindar a los responsables de las atrocidades cometidas durante los cuarenta años que precedieron a la transición democrática; tara que se manifiesta en el ámbito de nuestros derechos y deberes fundamentales. Me refiero a ese muro de contención que protege y ampara la impunidad de delitos ejercidos sistemáticamente contra un sector vulnerable de la población, arrancándole a sus hijas e hijos de su seno a familias indefensas. Ese muro no es otro que la Ley preconstitucional 46/1977,de 15 de octubre, de Amnistía, una rémora que pesa  sobre nuestra normalidad democrática, impidiendo la efectividad de derechos humanos, eludiendo de forma selectiva aspectos que colisionan con ella, tanto en el espíritu como en la letra de muchos de los tratados internacionales a los que estamos llamados por imperativo del citado artículo 10 de la Constitución. Estos aspectos también deberemos explicárselos a nuestras niñas y niños y a las generaciones futuras.

Esperamos y deseamos que, al menos, en la futura ley sobre bebés robados, sometida a trámite de urgencia por la Mesa del Congreso de los Diputados al final de la pasada legislatura, se reanude su trámite lo antes posible, introduciendo aquellas demandas que reclaman las víctimas, por ser ellas las que mejor conocen las debilidades y los fallos de nuestro sistema jurídico-administrativo en esta materia.

  Para entender la naturaleza y complejidad de este tipo de casos, hoy hablamos del que afecta a la madrileña Cristina Moracho Martín. No es un caso más, es su caso, por el que lucha y sufre dolor, estado que es común a todas aquellas personas que se encuentran en su misma situación.

Cristina se pone en contacto con 21 NOTICIAS para dar a conocer su lucha en la búsqueda de su hijo biológico, nacido en Collado-Villalba (Madrid) el 14 de mayo de 1984, por lo que  tiene 35 años recién cumplidos, los mismos en que su madre perdió su rastro. La señora Moracho está convencida de que su bebé ha sido objeto de un presunto robo perpetrado en el centro hospitalario en el que han sido atendidos postparto madre e hijo, dándolo por muerto.  Y no es para menos, pues existen indicios racionales suficientes que apuntan que se ha podido cometer este hecho.

El parto de aquel bebé se precipitó a los siete meses, cuando la joven madre  con sólo 17 años se encontraba sola en su domicilio familiar atendiendo a su otra hija Jesica de 15 meses. Ella sola tuvo que afrontar aquella difícil situación que logró sin mayores complicaciones tanto para la madre como para el bebé, teniendo que cortar  y anudar ella misma el cordón umbilical. Algo inconcebible para una niña de su edad a día de hoy.

Una vez producido el parto, Cristina envuelve al recién nacido en una toalla y pide ayuda, siendo posteriormente atendida por el médico de guardia que decide trasladar a la madre y a hijo al Hospital Clínico San Carlos, colocándole previamente oxígeno al bebé y mucho algodón en el pecho para mantenerlo en la temperatura adecuada para su traslado, refiere la progenitora.

La madre recuerda al detalle que el bebé, pese a ser sietemesino, mostraba una gran vitalidad y fortaleza, gimiendo, llorando y pataleando hasta llegar al Hospital. Allí se queda dormidito, señala la madre.

Una vez hecho el ingreso en aquel centro, madre e hijo son separados, ella había perdido abundante cantidad de sangre y aún con los síntomas propios del parto, recuerda que la mantuvieron en todo momento despierta, haciéndole preguntas y sacándole todo tipo de información referida a su vida privada; pero su preocupación no era ella, sino saber cómo se encontraba su bebé, informándole que lo estaban examinando y reanimando. Su pareja (el padre de sus hijos) llega en los primeros momentos al Hospital, pudiendo por cuanto ver a su hijo con vida. Luego  se ausenta para llevar a su hija Jesica con su tía (una hermana de Cristina).

La joven madre sigue insistiendo y preocupándose por su bebé, momento en que le dicen que su bebé había fallecido, aconsejándole que se olvidara, que aún era muy joven, que ya tendría más niños, recordándole, además,  que ya tenía una niña que la necesitaba.

Este fue el relatorio que se repetiría hasta la saciedad, dice Cristina.

Cristina, atónita, no podía creer lo que le estaban diciendo, interpela y les recuerda al personal sanitario que su hijo mostraba una gran vitalidad y fortaleza y que sus pulmones eran fuertes, pues así lo había demostrado en el tiempo que permaneció con ella, incluso con el médico de guardia que la atendió en su domicilio. La madre pide ver a su hijo. De igual modo lo hace su pareja y los padres de Cristina que llegan en aquellos difíciles momentos  al Hospital,  los cuales insisten igualmente en ver al niño, pero el personal impertérrito que la atendía, utilizando en todo momento una técnica disuasoria de tal pretensión, les fueron dando largas, aconsejándoles que se marcharan que la madre tenía que descansar.

Pero Cristina y su familia no se resignan ante las explicaciones del personal sanitario, y ya en un tono más fuerte lo recriminan y requieren ver a su bebé, requerimiento que tampoco es atendido, informándoles que ya no podía ser, que se lo habían llevado. La madre les increpa diciéndoles que a dónde se lo habían llevado, al tiempo que les hacía saber (lo que era una obviedad) que el niño  era suyo y que debían entregárselo. Ante tal insistencia le contestan que los fetos de menos de 24 horas, ellos tenían un convenio con el Estado y que en base al mismo el Hospital se encargaba de enterrarlos. A tenor de aquella explicación, la madre les pregunta donde lo iban a enterrar para asistir a tal acto. Tampoco tiene suerte, le contestan con la ya manida frase: “olvídate” que allí no puedes ir, explicándole que estos niños  al estar sin registrar y bautizar se entierran en fosas comunes y allí no dejan entrar.

Ante aquel cúmulo de disculpas y más disculpas, siempre  para evitar la lógica y humana pretensión de la madre de ver a su hijo, Cristina llegó a pensar que a ella no podían engañarla enseñándole otro niño muerto, método que solía utilizarse en otros casos, pues ella conocía a su bebé y se daría cuenta de la treta.

Al día siguiente la visita una señora vestida de calle para que le firmara un documento para hacerse cargo del cuerpo, a lo que Cristina confiada de que aquella persona estaba allí para ayudarla, firma el documento sin leerlo. Esta señora  también le repite la historia  de que era  mejor que se olvidara de lo sucedido, de que era muy joven y que tenía mucho tiempo para tener más hijos, recordándole como si le hiciera falta que ya tenía una niña de 15 meses.

Una curiosa anécdota: en el momento en que esta señora decide abandonar la habitación, Cristina le pregunta, si su marido no tenía que firmar también aquel documento. Ante aquella pregunta, la supuesta funcionaria muestra una cara de evidente sorpresa y asombro, preguntándole a aquella joven madre: ¿Pero tú no eres madre soltera? A lo que la paciente le contesta afirmativamente, aclarándole que se refería a su pareja y que era el padre de sus hijos. Ante tal incidencia, le preguntó el nombre, apellidos y fecha de nacimiento, datos de los que curiosamente no tomó nota, diciéndole que no hacía falta,   aconsejándole que no se lo dijera.

También recibe la visita de una monja, traía el mismo relatorio aprendido, añadiéndole, seguramente como consuelo, que era lo mejor que podía haberle pasado a su bebé, y que ahora era un angelito que estaba en el cielo velando por ella. En aquel momento, Cristina pensaba en su otro angelito, el niño de carne y hueso salido de sus entrañas, su Miguel Ángel, que era el nombre  que le tenía asignado; pero el fatal destino le ha truncado este deseo, del que nunca renunció ni va renunciar.

Así va transcurriendo el tiempo con aquella espina clavada en el corazón de esta mujer luchadora, Cristina Moracho. Es entre los años 2010-2011, después de ver varios reportajes  sobre la trama de bebés robados, en concreto, tras ver la publicación en 20 MINUTOS sobre el caso de una niña robada, Cristina comprueba que existen muchos elementos comunes con lo que le ha sucedido a ella con su hijo. Se pone en contacto con la madre de aquella niña que pertenecía a una asociación de bebés robados, y ahí comienza su militancia activa en la búsqueda de su hijo. Pide documentación al citado Hospital, en el que se le informa verbalmente que su historial está informatizado; luego le dicen que no lo tienen y, sorprendentemente, que ella nunca estuvo ingresada en aquel Hospital. Al final aparecen los resultados de los análisis  de la placenta, los cuales son correctos.

En el legajo de abortos y en contradicción con lo afirmado anteriormente por dicho centro, consta que ingresó allí el día 14 de mayo de 1984, a las 11 de la noche, hora en que se produce el parto de un bebé, el cual había muerto por anoxia intrauterina (falta de oxígeno en sangre y en los órganos vitales del bebé producida en el interior del útero) ¿Cómo se puede afirmar tal falsedad? Cuando el parto se produce en su domicilio familiar, al que posteriormente acude el médico de guardia que es quien la deriva al Hospital, y que el bebé ingresó vivo, con el oxígeno colocado preventivamente por dicho facultativo.

Siguiendo el íter de las inexactitudes, consta, además, que después de ser examinado por el médico forense el cual afirma que el feto presenta descomposición y autoriza a los funerarios de la Almudena su enterramiento en 24 horas.  En contraposición con la afirmación del forense, en el informe de alta se hace constar que no existen signos de maceración, estado que sería lógico habida cuenta de que el bebé ingresa vivo en el hospital y con oxígeno, motivo por el que sería imposible la existencia de descomposición. Llama también poderosamente la atención que después de la urgencia manifestada por el supuesto forense, en el certificado de enterramiento (24 horas) consta que la inhumación se produce el día 20, o sea seis días después.

  A la luz de tales hechos, Cristina presenta denuncia ante la fiscalía, la cual siguiendo el canon costumbrista, archiva el caso, aduciendo simples errores administrativos.

Cabe preguntarse: ¿Se ha hecho la investigación  especializada que requiere este tipo de casos, o simplemente se hicieron unas actuaciones formales mínimas para proceder al archivo? Podemos inclinarnos por lo segundo.

  Después de todo este tiempo marcado por el esfuerzo y tenacidad, la lucha y muchas actuaciones fallidas, la incertidumbre es la nota dominante en esta entrañable mujer. Pese a ello, su convicción es que está en el camino correcto,  el ansia y la esperanza de encontrar a su hijo no flaquean. Se ha hecho las pruebas de ADN en España y en los Estados Unidos, requisitos necesarios e imprescindibles para, si llega el caso, contrastar la maternidad de ese niño, hoy joven de 35 años. Pero para que estas pruebas sean eficaces para el cumplimiento de este objeto, debe existir reciprocidad. Por ello, aquella persona que pueda sentirse concernida con éste y con otros casos, debe dar el paso y hacer las correspondientes pruebas de contraste.

En cuanto a la fecha de nacimiento de su bebé, Cristina baraja una hipótesis bastante verosímil: que al tratarse de un bebé sietemesino, se ha podido inscribir hasta dos meses después como hijo biológico de la familia a la que haya podido ir a parar. Este dato no debe descartarse en el proceso de búsqueda.

Como podemos ver, esta madre llamó a muchas puertas buscando ayuda. No son las puertas giratorias por las que entran y salen los poderosos. No, son otras: las que se cierran y te dan en las narices. Visitó como hemos visto el Hospital de aquel triste recuerdo; habló con médicos y personal administrativo, el resultado siempre el mismo: la excusa y la desmemoria. Regresa a casa cargada de decepción y con la sensación  de otro día perdido. Se junta en manifestaciones y actos con sus compañeras y compañeros que viven su misma historia, que abrigan su misma esperanza, esa esperanza sin espera, la que se enfrenta a la vieja y caduca civilización de la espera sin esperanza de la que nos habló el profesor Pacio Lindín.

También llamó a las puertas de la Iglesia Católica, la que tanto podía ayudar y aclarar en estos casos, pero sus muros son gruesos e impenetrables. Pues más allá de la buena intención  de alguno de sus representantes, la única respuesta clara fue la siguiente: Si un juzgado nos lo pide colaboraremos.¡Que menos! ¿ Dónde queda el deber moral, su amor al prójimo y su caridad cristiana? Esta no es la Iglesia que a otros niveles sí se está comprometiendo y actuando.

Fue precisamente esta Semana Santa, viendo el Vía Crucis del viernes Santo en el Coliseo, Los nuevos crucificados de hoy, “ con Cristo y las mujeres camino de la cruz “, pensado por Sor Eugenia Bonetti, misionera de la Consolata. En sus 14 estaciones nos narra los nuevos crucificados de hoy: Las víctimas de la trata, los menores mercantilizados, las mujeres forzadas a prostituirse y los migrantes estarán en el centro”. Escribe y describe la religiosa de la Consolata. “ Y como no ver el Vía Crucis en muchos niños, en diversas partes del mundo, que no pueden ir a la escuela, explotados en minas, campos, en la pesca ,vendidos y comprados por traficantes de carne humana, para trasplantes de órganos, así como utilizados y explotados… por muchos, incluso cristianos”.

  Así lo denunció Sor Eugenia Bonetti, apelando a la conciencia de la humanidad y de modo especial a la de los cristianos: “ Son menores privados de una infancia feliz, criaturas utilizadas como mercancías baratas, vendidas y compradas a voluntad “. Sí, hermana Sor Eugenia, aquí en España durante muchos años se han utilizado a miles de niños y niñas como mercancías baratas, vendidos y comprados a voluntad de los mercaderes, que valiéndose de su posición dominante arrebataban a hijas e hijos a madres vulnerables, negándoles el derecho a criarlos, cuidarlos y amarlos. Hermana, esta es nuestra particular tragedia, la que unimos a los casos invocados por Vd. en sus reflexiones y preocupaciones.

Las palabras y reflexiones de Sor Eugenia Bonetti, con el Santo Padre como testigo y presidiendo aquellos oficios, fueron escuchadas por millones de personas en todo el mundo, seguramente también por los miembros de la Conferencia Episcopal Española, la que debe sentirse especialmente concernida con estos casos por estar en el ámbito de su pastoral . Y la mujer que hoy nos ofrece su testimonio a través de este medio y muchas otras y otros, pues ellas y ellos también son los crucificados por estos hechos de lesa humanidad. Por ello, desde este medio de comunicación, instamos una vez más a la Iglesia C. española a que adopte las medidas efectivas necesarias para que se haga la luz en medio de tanta oscuridad, abriendo los archivos de su competencia, acompañando y ayudando a las víctimas en su lucha  por el esclarecimiento de estos hechos. Es un simple acto de AMOR y de justicia lo que se pide. Una oportunidad que se le brinda a la Iglesia que no debería perder.

Un comentario

  • Cristina Moracho Martín

    Gracias por publicar mi historia y de paso difundir a la sociedad este cruel delito de Lesa Humanidad que se cometió en España, durante décadas… Al día de hoy, buenas palabras por parte del Gobierno de España, pero siguen dando largas y no hacen lo que es su obligación por esclarecer los hechos.

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