VIAJERO SIN FRONTERAS. Traslado a Isfahán, con visitas a Persépolis, y a la necrópolis Naqsh-e Rostam, la “Petra persa”

Por Roberto L. Moskowich

Isfahán (Irán), 19 de octubre del 2019    ¡Menuda novedad!, hoy me levanté también a las 6 de la mañana, ya que me esperaba otro día muy ajetreado, con un largo desplazamiento hasta Isfahán, con dos importantes visitas de camino: Persépolis, que fue capital del Imperio Persa durante la época aquemide, y Naqsh-e Rostam, destacado sitio arqueológico que se encuentra a 12 kilómetros de Persépolis.
Pero antes de relatarles mis actividades de hoy, quiero hacerme eco de la gran preocupación que me han transmitido varios de mis amables lectores sobre la inquietante situación en Cataluña, que ha obligado incluso a aplazar el partido de fútbol Barcelona – Real Madrid. Aquí, donde la tranquilidad y la seguridad son totales, apenas le han prestado atención informativa a esos graves sucesos. Y a los españoles que encuentro por estos andurriales tampoco les he oído comentar nada. Tal cual, se lo cuento.
Y también, como no, los futboleros me comentan la deplorable situación del R. C. Deportivo, ya que ocupa el último puesto de la clasificación. ¡Vergonzoso e injustificable, se mire como se mire!. Ah y me dicen que todo apunta a un relevo en la presidencia, para la que suena el Director General, González-Dans. ¡País!.
Hecho ese doble inciso, me centraré en mi tarea viajera para decirles que cuando me levanté la temperatura era de 10 grados, poco viento, un 50 por ciento de humedad y con el sol a tope para tan temprana hora.
Con su diligencia y buen hacer habitual, se presentaron Josito, el guía shirazano y zoroastrico, y el chófer, Ghadir, que me había olvidado de presentarles. Y sin más demora, emprendimos la ruta que nos llevará hacia el Norte del país. De seguir así, vamos a batir en récord mundial de puntualidad….
La salida de Shiraz fue muy fósil y muy rápida. Dejamos a nuestra izquierda el impresionante Hotel Shiraz, que parece incrustado en la alta montaña, y también la popular figura del cisne negro, y a la entrada de la autovía el consabido control de policía, que fue muy rápido.
Iniciamos un fuerte ascenso para entrar en la zona montañosa, alcanzando rápidamente los 1.888 metros de altura. Y después del pronunciado descenso entramos en un bonito valle, con pinos y diversas plantaciones…. y vuelta a subir y a bajar cada dos por tres.
Después de pasar otra zona de elevaciones, y descender 300 metros, alcanzamos un valle muy feraz, que tenía cereales, legumbres, etc., pero ni un solo árbol. También había una gran fábrica de piedra y, a derecha e izquierda, las altas crestas de los montes.
Después de una gran recta, torcimos hacia la izquierda, en dirección a Yazd. Atravesamos entre viejas y escarpadas montañas, con rocas muy meteorizadas, dejando a nuestra izquierda otro extenso valle de buenas tierras de cultivo y con muy poco arbolado. El tráfico era muy escaso, y entre los coches que vi había varios “Peugeot” y algunos “Mercedes”, abundando los vehículos de fabricación iraní, cuyos diseños no me convencen.
Tras dejar atrás un gran espacio de cultivo de maíz y otros cereales, así como un buen número de ovejas, giramos a la izquierda y nos metimos por una estrecha carretera que nos llevó directamente a Naghshe Rostam, que fue nuestra primera visita. Se cumplía justamente una hora desde nuestra salida de Shiraz.
Naghshe Rostam, la Necrópolis de los Retes, al que denominan “la Petra de Persia”, es un sitio arqueológico que se encuentra a unos 12 kilómetros al Noroeste de Persépolis, aunque por la autovía son 7.
En su época, cuando el Imperio Persa llegaba desde la India hasta África, ese lugar, tan árido en la actualidad, era completamente verde. El agua que caía de la parte superior dejó visibles surcos en las rocas de las tumbas reales. Y al pie de las tumbas de los Reyes, de las dinastías Aqueménides y Sasaniam, esculpidas e la roca viva, había un estanque de agua, de planta octogonal, de 7,20 metros de largo por 5,50 metros de ancho, para que pudieran refrescarse los peregrinos.
En lo alto de la montaña era donde colocaban los cadáveres para que las aves dejasen solamente los huesos, que tras estar dos semanas a secar eran entregados a los familiares del difunto.
Enfrente a las tumbas reales hay una edificación cuadrada, cuyo llamativo y curioso diseño copiaron los árabes para hacer La Kaaba de La Meca. De hecho, a esta torre zoroastriana, que contenía una valiosísima Biblioteca y también era cementerio, la conocen como “Kaaba de Zoroastro”. Alejandro Magno creyó que contenía otro tipo de tesoro, la dañó seriamente y destruyó unos libros tan valiosos como los de la famosa Biblioteca de Alejandría. La Torre tiene 12 metros de alto, por 7 de ancho, y un altar con tres altos escalones.
En la parte superior de las imponentes tumbas de Darío I el Grande (en cuya parte baja está el relieve de la victoria de Bahram II), Artajerjes y Darío II, en lo alto de la montaña, queda una única columna de un Templo que allí había. La tumba de Jerjes está en restauración, ya que por su orientación sufre más las consecuencias de las inclemencias del tiempo.
Además de las imponentes tumbas, hay varias grabaciones muy interesantes y de gran calidad artística. Tal es el caso de la coronación de Bahram II y sus cortesanos, grabada de la Roca Elanita (3.800 años AC).
Algunas grabaciones están tan bien conservadas que parecen actuales. Tal es el caso de la Investidura de Ardashir I, el “Rey de los Reyes de Iran” (1.800 años AC) un fanático que pactaba con el diablo. La grabación tridimensional, que inicialmente estaba coloreada, es una joya, una auténtica obra maestra.
Tras un detenido recorrido, bajo un sol de justicia (llegó a los 35 grados) y sin sombra alguna, salimos para Persépolis. Dejamos atrás otro cauce fluvial completamente seco y lleno de guijarros, y unas montañas con enormes y llamativos pliegues. Cruzamos un valle con mucho maíz, cereales, árboles, cabras y el primer burro (animal, claro) que he visto en Irán.
Como dije, Persépolis está a 7 kilómetros de Naghshe Rostam y a 1.625 metros de altura. Ocupa una extensión de 125.000 metros cuadrados…. y aquí las mujeres pueden sustituir el velo por un gorro o visera.
La muralla exterior está construida con piedras ciclópeas, muy bien encastradas unas en las otras y que me recordaron las que vi en Cuzco (Perú). Por cierto, es el lugar de los muchos visitados hasta ahora en el que he visto más viajeros y turistas, destacando las bandadas de chinos.
Persépolis significa literalmental “la ciudad persa” en el idioma antiguo.
Para acceder a la parte superior del recinto amurallado hay que subir 111 escaleras bajas, de 7 metros de largo y 35 centímetros de ancho, de madera, que protegen a los escalones originales.
Persépolis fue la capital del Imperio durante la Dinastía Aqueménida, y era la ciudad más rica de su época. Su construcción duró casi dos siglos. Fue iniciada por Darío I y la remataron sus hijos, Jerjes y Artajerjes. El complejo tel era utilizado para muchas fiestas y celebraciones, pero como estaba en una zona montañosa y bastante remota, se usaba casi solamente en primavera. Aunque hay varias versiones sobre su destrucción, la que parece más fiable es que fue Alejandro Magno, en el año 331, al frente de 60.000 soldados griegos, que arrasaron todo y saquearon la ciudad, llevándose 6.000 kilos de oro y 9.000 kilos de plata. ¡Casi nada, vamos!.
El Palacio de Jerjes tenía 500 metros cuadrados, y sus columnas 18 metros de altura cuyas bases son de forma campaniforme y los capiteles tenían la flor de loto invertida. Están representados los estilos jónico, corintio y persa. Puertas, techos y ventanas eran de maderas nobles.
Accedimos al recinto por la Puerta de Jerjes o entrada de Todas las Naciones, cuyas cabezas ha sido destrozadas por los extremistas ignorantes. En la parte superior hay dos toros, uno mirando al Norte y el otro al Sur.
Continuamos por la Calle del Ejército, de 92 metros de largo y 10 de ancho, llegando al pórtico del hall de las 100 columnas. Por cierto, cuando Alejandro atacó aún estaban construyendo parte de la ciudad, motivo por el que vimos varias obras sin terminar. Tal es el caso de los bellos capiteles de dos águilas, una a cada lado.
En ese gran espacio tuvo lugar el impactante espectáculo de luz y sonido organizado con motivo del 2.500 Aniversario de Persia, presidido por el Sha Reza Palevl y su bella esposa Farah Diva, acto al que asistieron numerosas personalidades del mundo entero, entre las cuales estaba el Rey Juan Carlos I de España.
Pasamos por la Puerta Inacabada y la Plaza del Ejército Inmortal, y nos dirigimos al Palacio de las Cien Columnas en cuyas paredes figura la unificación de los persas y los medas: 5 filas de 10 soldados cada una a ambos lados del acceso, que totalizan 100. Por encima de los soldados, destaca el trono del Rey.
Es el único Palacio con 8 puertas, y el sentidos de la circulación viene indicado por la posición que te ha la figura del Rey que hay en la pared: si el Rey mira para dentro, esa puerta es de entrada, y si mira para fuera entonces es de salida.
Todas las figuras aparecen de pie y sonriendo. Hay un gran relieve de un león atacando a un toro, que en los signos del zodiaco son Leo (la primavera) y Taurus (el invierno), una simbología astronómica que los persas dominaban muy bien. También están las palmeras con flores de 9 pétalos, que representan los 9 meses que dura el embarazo de la mujer, símbolo de la fertilidad de la tierra. También vimos la representación de un grupo de Sátrapas, que eran los Embajadores que el Rey tenía en cada uno de los países en los que reinaba.
Por una escalera de 30 peldaños, decorada con los relieves que acabo de citar y muchos otros más, considerada por los arqueólogos como “la muralla más perfecta del mundo” por su tallado y la inscripción cuneiforme del propio Darío I, subimos hasta la Apadana o Sala de la Audiencias Reales. Sus 72 columnas tenían 22 metros de altura.
Enfrente está la Montaña de la Gracia, al lado de la cual inicio Darío el Grande la construcción de este enorme Palacio, y donde se encuentra la inacabada Tumba de Artajerjes III. Y a la izquierda de la Apadana está el Palacio del propio Darío I.
A continuación se encuentra el Palacio de Jerjes, responsable de la fuerte integración de los judíos. En el lateral de la puerta de entrada a su Palacio vemos como en la sombrilla que le cubre figura el Candelabro judío de 7 brazos. Todo se debió a que Jerjes, que tenía un carácter muy fuerte, se casó con Esther, una ex esclava judía, a quien había abroncado por agacharse ante él en una recepción. Al ver que la muchacha lloraba desconsoladamente bajó del trono para calmarla y se quedó tan prendado de su belleza que se casó con ella. Fue así como los judíos acuñaron las primeras monedas de oro y de plata, lo que supuso el inicio de su poderío mundial económico.
La Reina Esther tenía su propio Palacio, que por estar más bajo se salvó de los destructores soldados de Alejandro, y que se conserva perfectamente después de 2.500 años. Al lado hay un bello e imponente capitel, de nada menos que 20 toneladas de peso.
Y al lado del Palacio de Esther estaba la Tesorería, de donde Alejandro se llevó 6.000 kilos de oro, 9.000 kilos de plata y numerosas joyas y objetos de valor.
Al salir del recinto palaciego pasamos por el lugar en donde se encontraba la piscina, al lado de la Puerta de todas las Naciones, lugar en el que se lavaban y acicalaban los viajeros antes de acudir a la audiencia Real.
Dejamos Persépolis por una carretera estrecha y secundaria, en cuyo márgen izquierdo había un gran rebaño de cabras de diversos colores.
Poco después de incorporarnos a la autovia llegamos al Restaurante Laneh-Tavoos, donde había varios grupos de viajeros y turistas. El sitio es muy limpio y acogedor, y la comida es estupenda. Por cierto, estábamos todavía unos 400 kilómetros de Isfahán, nuestro destino final hoy.
Dejamos pronto ese lugar, viendo a nuestra izquierda las altas montañas y a la derecha un valle que finalizaba en otro grupo montañoso. Paralela a nosotros, siguiendo una larga recta y por la izquierda, nos acompañaba la vía del tren, que sorprendentemente no está electrificada.
Seguimos por un estrecho paso entre montañas y por un recto y largo túnel descendente, desembocando en otro gran valle muy poco habitado, a lo que siguió una serie de largas rectas en tobogán.
Con muy poco tráfico, a 55 kilómetros de Safa Shar, cruzamos una zona de bajas y peladas colinas, con grandes extensiones de cereales y sin árboles.
Tras subir hasta los 2.192 metros de altura, soportamos un fuerte descenso marcado por fuertes curvas y toboganes. Pasamos sobre el cauce seco de un ancho río, a más de 30 grados cuando las nubes ocultaron el sol y dejábamos a la derecha la estación de tren de Shaid Abad. En ese momento vi el segundo burro iraní, montado por dos chavalotes.
En el “Jasmine flower big restaurant” hicimos la primera “parada de la meada”, al lado de una Mezquita que tiene en su entrada las fotos de tres “Mártires de la Revolución” de hace 40 años.
Tras dejar atrás varias montañas con formas de perfectos conos volcánicos, salió el sol con fuerza y entramos en el desierto cambiando a dirección Este, circulando por una autovía nueva, aún sin pintar.
Poco después disfruté de una espectacular puesta de sol sobre el desierto, lo que me hizo recordar la que disfruté el año pasado en las inmensas salinas colombianas.
Y en el medio del desierto fue la segunda “parada de la meada”, en un remoto lugar llamado Izad Khast, sitio de descanso y oración para los viajeros que cuenta con una pequeña Mezquita, una tienda, un bar, y unos servicios higiénicos “de aquella manera”. Y todavía nos quedaban 177 kilómetros para llegar a Isfahán….
Ya de noche continuamos nuestra marcha, que desde los accesos a la ciudad, que tiene más de 2 millones y medio de habitantes, se ralentizó mucho. Cuando por fin llegamos al Hotel Khajoo se cumplían nada menos que 12 horas desde que dejamos Shiraz. Mientras el cuerpo aguante…. Mañana les seguiré contando más cosas. ¡Saludos y salud!.

(Fotos: Lajos Spiegel)

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